Zura Llanet Morales Herrera sostiene que la educación especial debe enseñar habilidades para la vida diaria y reforzar el trabajo entre docentes y familias. El objetivo es que los estudiantes ganen independencia y puedan desenvolverse en su comunidad.
Comprar un producto, pagar, recibir el cambio y pedir ayuda son aprendizajes que también muestran el avance de un estudiante con discapacidad. Para Zura Llanet Morales Herrera, leer y escribir no basta para medir ese progreso.
La meta es concreta: que cada alumno pueda desenvolverse en situaciones de la vida diaria.
La autonomía como objetivo
Morales Herrera dirige Educación Especial a nivel estatal. Desde esa responsabilidad sostiene que la independencia debe tener prioridad en la escuela y en la familia.
Ni los docentes ni los padres estarán siempre disponibles para resolver cada necesidad. Por eso la enseñanza debe incluir autonomía, independencia y habilidades adaptativas junto con los aprendizajes académicos.
La funcionaria advierte que una persona que depende por completo de otra queda más expuesta a situaciones de vulnerabilidad. Aprender a desenvolverse en la vida diaria no es un complemento de la escolaridad. También protege la dignidad y puede reducir el riesgo de malos tratos.
Un caso de su trayectoria lo muestra con claridad. Era un alumno con parálisis cerebral que no podía controlar esfínteres debido a una limitación de su organismo.
Las metas educativas deben traducirse en habilidades prácticas como la comunicación, la expresión de necesidades, la toma de decisiones, la independencia y la participación en la familia y la comunidad.
Morales Herrera no presentó el resultado como un logro individual. Lo atribuye al alumno, a sus padres y al maestro. La intervención coordinada convirtió una dificultad cotidiana en una habilidad funcional.
El enfoque coincide con una tendencia internacional que entiende la educación como preparación para la vida independiente y la participación plena. El Instituto de Aprendizaje a lo Largo de Toda la Vida de la UNESCO señala que la formación debe desarrollar habilidades básicas, competencias ciudadanas y capacidades profesionales para favorecer la participación social y laboral durante la vida adulta.
En México también se impulsan programas inclusivos y aplicados para niños y jóvenes con discapacidad. Esos programas incorporan habilidades de autonomía y apoyos para la transición hacia otros niveles educativos o el trabajo.
Aprender no significa solo aprobar contenidos. También implica adquirir herramientas para desplazarse, comunicarse, resolver necesidades y participar en espacios compartidos.
Familias y docentes
La directora estatal considera que la familia tiene una responsabilidad decisiva en la continuidad de los aprendizajes. Reconoce que muchos padres deben trabajar y no pueden acompañar a sus hijos durante todo el día.
Aun así, plantea que el tiempo compartido debe servir para reforzar capacidades útiles en la vida diaria.
El aprendizaje no termina en la lectoescritura. Cuando ese objetivo no es posible o requiere más tiempo, también puede ser significativo que un estudiante aprenda a desplazarse por un centro comercial, pedir un refresco, pagar y recibir el cambio.
La autonomía se construye con acciones repetidas. Así, los estudiantes pueden participar en espacios comunes con menor dependencia.
Las metas educativas deben ser amplias. No pueden reducirse a resultados fáciles de registrar.
Las familias también necesitan conocer las estrategias que se aplican en la escuela. Los docentes deben ajustarlas a las capacidades de cada alumno. Proteger no significa sustituir a la persona de manera permanente.
El debate sobre el acompañamiento educativo también aparece en una experiencia de apoyo escolar. El planteo de Morales Herrera pone el foco en otra dimensión: las herramientas que permiten a los estudiantes desenvolverse por sí mismos.
La importancia del trabajo con las familias también aparece en experiencias regionales recientes. El DIF Yucatán informó el 2 de octubre de 2026 que acompañó a 40 niños con trastorno del espectro autista y capacitó a sus familias en estrategias relacionadas con la regulación, la autonomía y la participación en actividades cotidianas. El caso está detallado en el reporte sobre la intervención familiar.
Autoridad y formación docente
Morales Herrera tiene casi 29 años de servicio educativo y sostiene que la vocación docente no desapareció. Lo que cambió fue la relación entre la escuela, las familias y la sociedad.
Según su experiencia, antes había una confianza más definida en la autoridad del maestro. Hoy esa autoridad puede quedar debilitada dentro del aula.
Para la directora, esa pérdida de reconocimiento alimenta la desilusión de algunos profesionales. La respuesta no está en recuperar prácticas antiguas. La educación actual necesita estrategias nuevas y una formación que permita aplicar métodos distintos de los modelos basados en el castigo físico o la imposición.
Su recorrido comenzó como asistente educativa. Después fue docente, directiva y asesora académica. También trabajó en distintas áreas de la Secretaría de Educación.
El 16 de octubre cumplirá 29 años de servicio. Atribuye buena parte de su aprendizaje al intercambio con colegas de distintas regiones.
Entre las personas que marcaron su carrera menciona al profesor Natalio Magallanes y a la profesora Rosario García, quien fue directora de Educación Especial. También reconoce el aporte de María Marta Rodríguez, Olga Verino y Angélica Meléndez.
Compartir experiencias evita que una estrategia útil quede aislada. También ayuda a que otros maestros encuentren respuestas ante problemas similares.
Un trabajo que no admite aislamiento
Otro recuerdo corresponde a Alfredo, un alumno con autismo al que atendió desde el nivel inicial. Actualmente asiste al Centro de Autismo.
Morales Herrera se reencontró con él y el estudiante reconoció a su maestra. Para la directora, ese momento mostró que el vínculo educativo puede permanecer más allá del aula y del paso de los años.
Su mensaje a los docentes combina paciencia, compromiso y una disposición constante para buscar soluciones. En lugar de detenerse ante la dificultad, propone trabajar sobre el cómo sí.
La idea es convertir cada obstáculo en una oportunidad concreta de aprendizaje. No promete resultados iguales para todos.
La educación especial requiere una responsabilidad compartida entre escuelas, familias, autoridades y sociedad. Ningún actor puede resolver por sí solo las barreras que enfrentan los estudiantes.
Las habilidades adaptativas se fortalecen cuando las prácticas escolares continúan en el hogar y en los espacios comunitarios.
La autonomía tampoco significa abandonar a los estudiantes. Significa enseñar capacidades concretas y ofrecer apoyos adecuados para que puedan tomar decisiones y participar en actividades cotidianas con la mayor independencia posible.
La diferencia importa. Una política de inclusión que solo registra la alfabetización puede dejar sin respuesta necesidades esenciales de la vida diaria.
El planteo de Zura Llanet Morales Herrera coloca el foco en una meta concreta: la educación especial debe preparar para vivir con dignidad, no solo para cumplir objetivos escolares.
La autoridad docente necesita confianza y formación. Su sentido aparece cuando se usa para ampliar las capacidades de los estudiantes.
El desafío es que las familias, las instituciones y la sociedad sostengan ese objetivo con acciones concretas. No basta con declararlo.