Dos hermanos venezolanos que perdieron a su madre y familiares en el sismo de La Guaira enfrentaron un nuevo terremoto tras migrar a Colombia, donde intentan rehacer su vida junto a su padre en Cali, una de las ciudades más afectadas.
Deivi y Winder Delfín, adolescentes venezolanos de 15 y 17 años, atravesaron en menos de dos meses dos terremotos de gran magnitud en distintos países. Tras perder a su madre, su hermano menor y su abuela en el colapso de su edificio en La Guaira, Venezuela, los jóvenes migraron a Cali, Colombia, junto a su padre. Sin embargo, a pocos días de su llegada, la ciudad fue sacudida por el sismo más fuerte en una década, lo que reavivó el trauma y la incertidumbre en la familia.
El sismo en Venezuela y sus consecuencias
El 24 de junio de 2026, dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 impactaron la región de La Guaira, según datos oficiales del gobierno venezolano. El edificio donde residía la familia Delfín colapsó, dejando atrapados a Yusmani, madre de los adolescentes, su hermano Moissés de 10 años y su abuela Carmen. Los hermanos participaron activamente en las tareas de rescate, removiendo escombros durante casi un mes hasta recuperar los cuerpos de sus familiares. Las cifras oficiales reportan más de 6.300 fallecidos, aunque la cantidad de personas desaparecidas aún no fue precisada por las autoridades.
La magnitud del desastre superó la capacidad de respuesta de los equipos especializados, por lo que familiares, vecinos y voluntarios asumieron gran parte de las tareas de búsqueda y rescate. Los Delfín, junto a otros afectados, colaboraron en la asistencia a sobrevivientes y en la recuperación de cuerpos, en un contexto de recursos limitados y condiciones adversas.
Migración y nuevo sismo en Colombia
Luego de cremar y enterrar a sus familiares, los hermanos y su padre se trasladaron a Cali, en el departamento del Valle del Cauca, buscando refugio y la posibilidad de reconstruir su vida. El viernes 7 de agosto de 2026, la familia se instaló en un barrio del noreste de la ciudad. Sin embargo, el lunes 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 volvió a sacudir la zona, generando temor y recordando la reciente tragedia vivida en Venezuela.
Cali fue una de las ciudades más afectadas por el sismo, que dejó cientos de víctimas fatales y daños en infraestructura, según reportes oficiales. La familia Delfín logró salir ilesa, aunque el episodio profundizó el impacto emocional y la sensación de vulnerabilidad. El padre, que llevaba casi una década residiendo en Colombia, se reencontró con sus hijos tras el desastre y debió afrontar nuevamente una situación de emergencia.
Resiliencia y asistencia comunitaria
Durante los días posteriores a ambos terremotos, los Delfín dependieron de la solidaridad de vecinos y desconocidos para acceder a alimentos y refugio. En Venezuela, la falta de recursos y la magnitud de los daños dificultaron la llegada de ayuda estatal, por lo que la comunidad local desempeñó un rol central en la asistencia y el rescate. En Colombia, la familia recibió apoyo para estabilizar su situación y acceder a servicios básicos, aunque el proceso de adaptación continúa siendo complejo.
La experiencia de los Delfín refleja las dificultades que enfrentan las familias migrantes ante emergencias sucesivas y la importancia de las redes de contención social. La reconstrucción de la vida cotidiana tras la pérdida de seres queridos y la exposición a nuevos riesgos constituye un desafío adicional para quienes atraviesan procesos de desplazamiento forzado.
Contexto regional y respuesta institucional
La recurrencia de terremotos en la región andina y el Caribe plantea desafíos para los sistemas de protección civil y la coordinación entre países. En el caso de Colombia, el gobierno declaró el estado de desastre nacional tras el sismo, con un saldo de al menos 181 muertos y más de 2.500 heridos, según información oficial. La cobertura de la emergencia y la búsqueda de personas desaparecidas continúan, como se detalla en un informe reciente sobre la situación en Colombia.
La gestión de riesgos y la asistencia a personas migrantes y desplazadas requieren políticas públicas integrales y cooperación internacional. La experiencia de los Delfín evidencia la necesidad de fortalecer los mecanismos de respuesta y apoyo a las poblaciones más vulnerables ante eventos extremos.
En el ámbito de la gestión de emergencias, el estado de desastre nacional es una herramienta legal que permite a los gobiernos movilizar recursos extraordinarios, coordinar acciones entre distintos niveles del Estado y facilitar la asistencia a las personas afectadas. Su declaración implica la activación de protocolos específicos y la priorización de la atención a las víctimas, aunque la efectividad de la respuesta depende de la capacidad institucional y la articulación con la sociedad civil.